El cura de Cubujuquí realmente era santo: haber ideado aquella patraña de que una mano virginal sacara del saco, al azar, un nombre, para que un santo decidiera qué lugar de Heredia le rendiría culto y pleitesía: por allá Santa Bárbara, San Joaquín y San Antonio. Por acá San Isidro, San Rafael, Santo Domingo y este San Pablo: unas casas grandes y muchas pequeñas, potreros, maizales, frijolares y, cafetales en la sabana al norte del Río La Bermuda y abajo de Piedra Grande. Primero fue cuartel y luego barrio o distrito. Hacia mediados del Siglo XIX contaría con unas 400 familias la mayoría muy entrecruzadas entre sí: Villalobos, Vindas, Cortes y León e irán apareciendo, por los cruces múltiples y el amor entre parejas, Benavides, Ramírez, González. Seguros están los estudiosos que entre los primeros pobladores hubo españoles potentados y peones, todos con mezclas de indios y esclavos negros. Así, las familias originarias serán los dueños de la tierra unos, de las manos, otros; bendecidos todos por San Pablo.
En la segunda mitad del Siglo XIX propiciaron y construyeron una ermita en su nombre, con el santo en su alto y con espacios y jardines para el culto. Como era un pueblo pequeño, también la iglesia era pequeña: frente a la calle polvorosa por donde pasan los que vienen de San Rafael hacia Santo Domingo. La imagen del santo la construyó Fadrique Gutiérrez, el escultor. Era enorme, de concreto y hormigón: tiempo después para evitar que le cayera en la cabeza a algún parroquiano, un buen sacerdote decidió que había que apearla y ponerla en lugar seguro; la labor no fue bien hecha y el San Pablo de don Fadrique quedó en escombros en la calle.
Para entonces ya había otra iglesia. Más por envidia por la de San Isidro y San Rafael, los pableños idearon que debían tener un templo gótico y bien vistoso a los cuatro costados. Esta historia es ingrata: así son las forjadas por la envidia. Vale solo decir que la construcción de la nueva se inició en 1912 con un proyecto muy oneroso para la población y la curia y terminó en 1958 con un iglesita austera y fea; nunca la ostentación originaria se reflejó en su resultado; a la imagen de sus promotores.
El clan de potentados siempre fue pretensioso, arrogante y con ínfulas de nobleza y alcurnia. Incluso en las familias menos adineradas. Los inicios del clan aparecen a finales del Siglo XVII. El mayor poseedor de tierras fue un morador del así llamado Valle de Barva, Bernardo Cortés García hijo de Juan Cortés y Magdalena García, que murió en 1718, según lo registran los historiadores del cantón. Don Bernardo, nos cuenta don Edwin León, se había casado dos veces pero no tuvo descendencia. Su primera esposa doña Clara Moreira tenía dos hijas María y Gloria, las que asumieron el apellido de su padrastro. María se casó con Lorenzo Arnaldo con quien tuvo tres hijos: Juan, Lucía y Nicolasa. El mayor, que murió en 1726, apellidado Cortés por el cariño al abuelo por afinidad, contrajo nupcias, primero con doña Sebastiana Aguilar, con la que tuvo diez hijos y luego con Ana Micaela Calvo, con quien tuvo siete, quien había sido esposa de José Carranza. Ana Micaela era una hija natural de Miguel Calvo y Ana Cardoso, una esclava negra.
De esta forma, las familias originarias no tienen ningún linaje noble montado sobre el apellido Cortés sino que lo asumieron de un viejo ricachón sin descendencia biológica. En segundo lugar, los pelos negros y muy rizados, la nariz chata y los ojos oscuros de muchos de los pableños son la herencia de aquella negra esclava en los orígenes de su árbol genealógico.
Esto se señala en este relato porque la historia aquí contada contradice las pretensiones de muchos de los pableños tradicionales de creerse descendientes de europeos de sepa y con sangre noble.
llevaba buscando bastante tiempo el padre de Juan, muchas gracias.
ResponderEliminarLas hijas de clara eran Maria y Gregoria (casada con un Granadino de apellido Cruz). Clara Morera Azofiefa era nieta de Pedro Fernandez y Azofeifa y de Juan de Morera).
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