domingo, 4 de septiembre de 2011

CONFESION (ensayo)

El mundo de las cosas, los acontecimientos, sus interpretaciones, valoraciones y percepciones, son la realidad: lo que existe y sucede. Otra cosa es lo ideal, entendido a la manera metafísica, como el mundo de ideas y de formas: perfecto, inmutable e imperecedero. Con esto nos alejamos lo más posible del platonismo, pues en Platón la realidad es el mundo de las ideas, formas y contenidos, mientras que el mundo material es solo mimetismo. Empero, esa dualidad platónica nos sea útil para exponer nuestra visión gnoseológica.
Es útil porque creemos que, por un lado, las cosas existen y los acontecimientos suceden; por el otro hay construcciones intelectuales, algunas concebidas como perfectas, puras e inmutables: las de la metafísica; otras definidas como imperfectas, mutables como la ciencia y aquellas a las que echa mano la ciencia. Tal dualidad nos permite  dimensionar, entonces, el discurso que sobre la realidad se hace: la ciencia, que dice interpretar la realidad es aproximativa, tentativa, probable y sus aseveraciones mejor construidas son (deben serlo) falsables (como en Popper): no hay perfección ni exactitud. Además siempre debe echar mano de algo tan ideal como es la teoría, aunque no la conciba perfecta e imperecedera. La labor del científico es perennemente constructiva, siempre innovadora y por tanto, apasionante: no es una mera y seca objetividad. Pero la ciencia no es un discurso sobre las ideas, pues de serlo, diría lo que se dice: la pura retórica metafísica, o el otro discurso sobre “la realidad”, o una tautología. Por tanto, esta dualidad entre ideas y realidades, entre lo perfecto y lo real, diferencia la labor científica de la metafísica; evita que los trascendentes (dioses e ideas puras) sean los que expliquen lo que sucede.
Esa dualidad nos ayuda a percatarnos de que las ideas en “una mente” forman parte de una comunidad de ideas, porque yacen en una comunidad de mentes. Incluso, la idea de dios no es más que una creación de mentes a través de la historia de la humanidad. En ese sentido, la idea de dios es una realidad objetiva, lo que no significa que dios sea una realidad objetiva.
Tales “ideas”, metafísicas o no metafísicas, al igual que las explicaciones, descripciones e interpretaciones de la realidad, son construcciones sociales e históricas; a saber, tienen su  propia objetividad (como en Hegel) y responden a una necesidad; en la medida que el mundo cada vez más se intercomunica, tienden a constituirse en ideas de la humanidad, aunque no necesariamente cosmopolitas, ni necesariamente científicas pues, al contrario, no hay nada más común que las explicaciones metafísicas. Por ejemplo, la idea de dios está “en todas partes”: esto no significa que dios esté en todas partes, sino que “en todas partes” hay la necesidad de explicar lo que sucede y, al no haber respuestas creíbles, convincentes…. de lo que sucede, se acude a la explicación por medio de la trascendencia.
Cosmopolita sería una idea, una concepción o una explicación de lo que sucede, que se torna en común y es compartida, no sólo en el mundo de los científicos, aunque sea solo sobre una parcela de la realidad, y que trasciende las fronteras nacionales: quiero decir, es algo para lo cual no existen fronteras nacionales. La idea de la democracia, con todo lo discutible que ella conlleva, al igual que las concepciones sobre la libertad, la igualdad de los seres humanos y su dignidad, son cosmopolitas.
También aquella dualidad es útil para explicar el discurso mediático. Este discurso, puramente informativo, pretende, o se asume, como el discurso de la realidad, cual si fuera el único posible que dice algo sobre ella. No necesariamente es un discurso científico, pues a veces peca de abuso de la descripción sobre la interpretación y, también y a veces, subraya formas y concepciones preconcebidas y de contenido metafísico: como cuando el periodista invoca a dios para explicar lo que sucede, o simplemente dice lo que él cree que sucede y lo explica como tal, para que su auditorio invoque a dios, o al emisor del mensaje, o bien, para que no reflexione. En tanto, este discurso es tan común y tan difundido (o difundible) pretende y pugna porque se le dé la condición de ser un discurso verdadero y en cierto sentido cosmopolita.
Queda por decir algo de la verdad. Aunque no es una, en la visión metafísica se la identifica con lo uno, inmutable e imperecedero (como en Parménides): de ahí la inmovilidad e invariabilidad del conocimiento (metafísico). En cambio, la humanidad ha avanzado más que ello, hasta comprender que la verdad es la adecuación de un discurso con la realidad, sobre la base de un marco conceptual y categorial dado en calidad de una construcción social e histórica, que permite a los seres humanos movernos (actuar, pensar, etc.) con algún nivel de precisión, prestancia y seguridad.
Así vista, la verdad termina siendo, al igual que los discursos, múltiple, heterogénea y contradictoria. Por esto el discurso metafísico ha tenido, aun hoy, mucho éxito y popularidad, pues aunque sea ideal e ilusorio, ayuda a la gente a creer que pone sus “pies en tierra”, con pretensiones de seguridad. El problema es que mediante este discurso y sobre la base de toda la carga cultural metafísica, el ser humano pierde autoestima por el carácter heterónomo y de fuente trascendente de sus valores fundamentales; mientras los otros discursos sobre la realidad, o son meramente informativos, como en el caso de los media, que concibe al humano como un receptor o consumidor pasivo; o bien son peroratas manipuladoras como el de la demagogia política, con visiones similares de lo humano; o bien, son aproximativos, tentativos, probables como el científico, con la ventaja de que con estos el ser humano alcanza niveles de autonomía y autoestima.

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