Don Ricardo era un profesional, de estos que se gradúan en escuelas profesionales y que se incorporan al mercado laboral con éxito: en empresas transnacionales donde hacen carrera desde muy jóvenes. Efectivamente empezó a trabajar con la comercializadora de vehículos y equipo pesado “Caterpillar” desde que salió de la Escuela Castro Carazo donde estudió contabilidad. Como contador público empezó a ascender en la escala laboral: mensajero, cuentista, vendedor, jefe de vendedores, contador, jefe de contabilidad, auditor. Mientras ascendía, se iba involucrando en la sociedad de consumo: su esposa, doña Ana, maestra de escuela, dejó de trabajar, a pedido de él, para dedicarse a sus hijos y a su casa. En fin, para qué un mugre sueldo de maestra y muchas horas, semanas de sufrimientos y estreses en la escuela, si él, con su sueldo de contador en La Uruca, podía mantenerlos holgadamente.
Doña Ana era hija de doña Enriqueta Villalobos y como parte de los honorables de San Pablo, podía disponer de un terrenito para la casa. Así lo hicieron y el préstamo bancario financió la no muy pequeña residencia, lo mismo que la acción de socio del Club Campestre El Castillo y la escuela privada. Más tarde, cuando era obvio que las Universidades Públicas estaban cooptadas por los insurrectos y revoltosos, también optaron por enviar los hijos a las privadas para que tuvieran buenas profesiones: uno en derecho y el otro en economía y la muchacha en arquitectura. Todo lo proveía la transnacional, para el contador y luego auditor y a sus hijos. Y hasta un buen auto.
Pero las cosas no fueron siempre igual. En los periodos de crisis, cuando la producción agrícola decrecía, o cuando el comercio internacional se comprimía, las ventas decaían y los ingresos por comisiones, regalías y otros pluses no llegaban a la mesa de doña Ana. Lo peor fue cuando empezaron a sonar las voces del libre comercio. Uno de los discursos que más sonó en la conciencia de don Ricardo y su familia fue el que señalaba que el acuerdo de Libre Comercio con el Norte sustituiría la exitosa, para la empresa y sus clientes, Iniciativa de la Cuenca del Caribe. Esa era la gran solución: los costarricenses tendrían el mercado norteamericano como a la salida de la calle de la Uruca y, por tanto, las ventas en la Caterpillar estremecerían el firmamento. Todo iba muy bien hasta que aparecieron los malos costarricenses: toda una turba de chancletudos despeinados, melenudos, de esos que se dicen estudiantes universitarios y porque han leído algún folletín de poca monta quieren darle lecciones a toda la humanidad. Según estos, había que rechazar el TLC con Estados Unidos y obligar a su renegociación. En La Uruca nadie quería ni verlos. Por suerte los muchachos de don Ricardo estaban en una universidad privada y ahí los profesores, buenos costarricenses, les hablaban de las virtudes del Tratado: algunos de ellos estuvieron por la empresa explicándoles sus ventajas.
– Dicen que el Lic. Carlos Camacho, un buen abogado y profesor de derecho en la Latina ha llevado a la clase a todos los gurúes del Tratado.
Aquello era como un grito de guerra y en esta gran batalla estaba, por un lado el Presidente de la República y en el otro los dirigentes sindicales, profesores chacletudos, intelectuales ambientalistas, estudiantes melenudos y cuanto político conspirador existiera. El asunto fue a referéndum. Esta fue la mejor solución desde el poder. Ahí podían medirse las fuerzas: las del Sí con el poder del estado y las transnacionales y las del No, con los intelectuales y los chancletudos. Ganaron, según don Ricardo los buenos. Hubo fiestas, algarabías y celebraciones por doquier.
No habían pasado tres meses de la gran victoria cuando don Ricardo fue llamado a la Gerencia. La empresa había entrado en reorganización y había que recortar los salarios más pesados. A él le agradecían, profundamente haber preparado a dos jóvenes profesionales en contabilidad, de estos que ahora manejan computadoras y ya no las simples y vulgares calculadoras del pasado. Ricardo estaba muy seguro que iba a haber los recortes de personal. Se lo habían informado mucho antes del referéndum y todos estaban claros que mientras la campaña entre Si y No se diera, nadie iba a ser movido de su puesto. Pero Ricardo creyó que él era imprescindible: tenía mucha información y mucha historia. 30 años de trabajo y aún estaba a media vida, con algo más de 50.
– Creo –dijo el Gerente– que en la tesorería ya tienen tu liquidación– ¿Tan rápido? –preguntó y se pensó sin decirlo, hasta ayer por mi escritorio pasaban todas las liquidaciones, ¡qué estúpido! cómo iba a pasar la mía!
Desde ese entonces no volvió a dormir tranquilo. Con la liquidación pagó las deudas y guardó un dinero para los días que estaría sin trabajo: pero no fueron días, ni semanas, ni meses. Lleva dos años. Los hijos hicieron su propia ruta: el abogado, el economista y la ingeniera. Había trabajo a veces y había familia y necesidades siempre. El dinero se gastó. Algunos amigos, con algún negocio le contrataron, más por lástima para que les llevara la contabilidad. No faltaron las buenas intenciones, las promesas, los buenos consejos. Pero trabajo no hay para el que pasa de 50, aunque sea solo para que complete las cuotas de pensión
¡Le faltaba tan poco!
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– Por ello es que vale la pena verlo reír aunque sea por las herejías y malos chismes sobre la iglesia que se cuentan. Es que siempre se le ha visto triste.
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