– Fue una de las maestras que educó a buena parte de la juventud de los años 20 –señaló don Memo.
La escuelita de San Pablo se ubicaba un tanto al Este de la Iglesia vieja, en la esquina de la calle que va a la Quintana por un lado, con la calle que viene de San Rafael por la Suiza. Estaba, entonces, al sur del terreno en donde se construiría la nueva iglesia. Era un edificio de adobes y de techo de teja construido en 1886. Para 1924 cuando fue contratada la niña Ligia estaba en bastante mal estado, tanto que en su evaluación se advertía el exceso de goteras y el peligro para los niños. Contaba con un amplio corredor con piso de tierra y dos salones.
La niña Ligia era joven, de unos 18, delgadita con el pelo recogido en moño atrás. Con apariencia humilde, débil y con voz cadenciosa y pausada; no obstante era bien educada y de muy buena familia, lo que encajaba, en atributos morales, con el contenido del contrato que el presidente del Consejo Educativo local la obligaría a firmar, sobre un machote que habían diseñado en San José.
El contrato decía: “Este es un acuerdo entre la señorita Ligia Villalobos Ramírez, maestra y el Consejo de Educación de la Escuela de San Pablo de Heredia, representado por el Presbítero Ricardo Salas, Presidente, por el cual la señorita Villalobos acuerda impartir clases durante un periodo de ocho meses a partir del 1 de setiembre de 1924. El Consejo de Educación acuerda pagar a la señorita Villalobos la cantidad de 17 colones mensuales. La señorita Villalobos acuerda: 1. No casarse. Este contrato queda automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casa. 2. No andar en compañía de hombres. 3. Estar en su casa entre la 5:00 de la tarde y las 6:00 de la mañana, a menos que sea atender en función escolar. 4. No pasearse por las heladerías del centro de la ciudad. 5. No abandonar la ciudad bajo ningún concepto sin permiso del presidente del Consejo de Delegados. 6. No fumar cigarrillos. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando. 7. No beber cerveza, vino ni whisky. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra bebiendo cerveza, vino o whisky. 8. No viajar en coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre. 9. No vestir ropas de colores brillantes. 10. No teñirse el pelo. 11. Usar al menos dos enaguas. 12. No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros por encima de los tobillos. 13. Mantener limpia el aula. a. Barrer el suelo al menos una vez al día. b. Fregar el suelo del aula al menos una vez por semana con agua caliente. c. Limpiar la pizarra al menos una vez al día. d. Encender el fuego a las 7:00 de la mañana de modo que la habitación esté caliente a las 9:00 de la mañana cuando lleguen los niños. 14. No usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios”.
No fue problema para la niña Ligia el suscribir aquel adefesio: no podía hablarse de ciudad en San Pablo y menos de heladerías; pero era oportuno advertir sobre no viajar en autos, pues los pocos ricachones que tenían alguno gustaban de coquetear con las jóvenes montándolas al chunche. También lo del licor. Había en los alrededores mucha distribución de guaro clandestino, tanto así que don Belisario Ramírez, jefe del resguardo fiscal, no solo era un experto en encontrar sacas y en el decomiso del licor, sino en la venta posterior de lo decomisado, a beneficio propio.
La niña Ligia había sido educada dentro de una familia conservadora y sumamente religiosa por lo que ninguna de las prácticas prohibidas en su contratación hacía mella en su conducta cotidiana. Para la Junta Educativa de San Pablo, la escogencia de la niña Ligia era un reto y una prueba, pues había habido problemas con la mala conducta de muchos de los alumnos, sobre todo los hijos de cafetaleros, con las niñas de las peonadas que eran enviadas a la Escuela, simplemente para que no quedaran en casa sin hacer nada, por su corta edad. Los maestros cuidaban muy poco de la dignidad de estas muchachas pues el jugueteo y el acoso eran letra común. Los padres preferían no enviarlas a la escuela con lo que terminaban en la cocina de su casa, entrenadas en cocinar, hacer las rondas, cuidar las gallinas y ordeñar: labores según los padres más productivas que las de aprender a leer y escribir
– un pésimo negocio poner a estudiar a las chiquillas. Plata perdida pa’ beneficio de otros; en fin, iban a ser madres, pensaban.
A pesar de estas genialidades ideológicas de aquella humilde gente, la niña Ligia trabajó dos años en el distrito de San Pablo. Muchos recordarán su cálida, dulce y cadenciosa voz, recitando las series numéricas con un bastoncito con el que golpeaba, a buen ritmo, una de las mesas del salón, para que los niños aprendieran a contar: 1, 2, 3, 4, 5 … y va de nuevo. Y luego llegar a 10, más tarde a 20. También en la lectura de cuentos y el silabario; o en la gastadera de tiza en el pizarrón para que aprendieran el alfabeto, para empezar a escribir y a leer. Naturalmente mucho de rezar al principio de la clase, no sólo para que a ella le fuera bien durante el día, sino para enseñarles la religión de todos, lo mismo que se hacía en sus casas y en la Iglesia.
Doña Rosario, la vecina de la escuela la recordará con gran cariño.
– A las 10 de la mañana, como al recreo, llegaba por un café y un huevo frito con tortilla. Era cosa de todos los días. Una vez llegó muy malita, a que le diera algo para aliviarle los ovarios. Pobre niña, tan jovencita y con tantos problemas de mujer.
Le dio, según nos dijo, un agua de manzanilla de la que cultivaba en el jardín; la acostó en un camón con un paño caliente y húmedo en la panza. Al cabo de un rato, cuando la niña Ligia se sintió mejor, la mandó para su aula, a amansar a los muchachos o a educarlos en el buen sentido de la vida,
– mientras los padres los quisieran tener ahí.
A Chepe Concepción le gustaba mucho hablar de ella. Su madre la recordaba con cariño.
Y fue la maestra de Romelio
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