-Los muertos no asustan. Solo los vivos.
Doña L lo había aprendido de su padre, no solo porque fuera panteonero al final de su vida laboral, sino por su ancestro indígena que lo orientaba, casi como por herencia milenaria, hacia el culto a los muertos: no como espantos, sino como amigos.
La pareja había quedado para siempre en su casa donde había hecho su vida juntos y aunque no tuvieron hijos, pues doña L no los podía concebir, ni don R engendrar, habían sabido rodearse de sobrinos, ahijados, hijos de amigos, hijos adoptivos; y eran tantos de los que ella no era tía, o amiga cercana de papá y mamá para los muchos que la visitaban, sino una madre o una madrina. Él también.
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- Sabes que aún tengo que comprar algún regalo para los hijos de Ana; es que son como mis nietos, le comentó doña L a su marido- Si necesitas plata, ahí hay en la gaveta, dijo él.
Era la vida cotidiana de ambos. La navidad y día de reyes, el día de la madre, o el del padre: el cumpleaños de uno, o la primera comunión de la otra: como si siempre fuera agosto o diciembre: estiraban sus pensiones como el hule y el aguinaldo como de resorte.
-Ana, ayúdame con los trastos. Hoy debo hacer sopa para R. Lo veo demacrado y débil, puede que esté haciendo derramitos.
-Espere doña L, yo le ayudo. Voy a sacar las verduras del refrigerador.
Más tarde …
-¿qué estará haciendo? Ha pasado tres veces del patio al garaje. De seguro está arreglando algo que se le descompuso. ¡Mientras no se suba al techo! Allá arriba solo hace tortas y se puede caer.
-¡pero doña L!, en eso se pasa entretenido. Peor que toque la corriente. No es la primera vez que por un arreglo de un daño que no hay, hace un circuito.
-¡ciertisísimo Ana!…
-doña L, ya le eché la comida a los perros y le puse el alimento al gato y a la lora; pero la tortuga no la veo.
-no te preocupes, Ana, la tortuguita sale a la tarde y ahí yo le pongo el alimento. En la mañana se mete debajo de las matas pa’ refrescarse. Por eso no me gusta que el viejo haga trabajos adentro… Me la puede majar. Eso sí Ana, le voy a agradecer que me le eche agua a las matas de las macetas … se me pueden secar.
- no se preocupe doña L, ya lo hago.
O bien, cualquier día, al final de la tarde:
- ¿vas a ver muy tarde tele? Recuerda que hoy trabajaste mucho en el jardín y en la bodega: te ves cansado y ya estás muy viejo y enfermo pa’ esas cosas…. ¿ya te tomaste el tratamiento de la tarde?
-Sí negra. Solo voy a estar hasta las 9. Quiero ver este programa de canal 42.
Y de seguido sin quitar la vista de la pantalla del televisor:
- Negra, vení ve esto … es Alejandro burlándose de esa mujer
-pero baje el volumen. No ve que a veces se oye en el vecindario y a mí es la que me reclama doña Cecilia.
-¡vieja cabrona esa! Es igual que la hermana. Siempre jodiendo. El otro día le dije a la hija que no aguantaba más a su mama metida en esta casa, porque solo traer chismes
-Ella es buena; a veces nos trae comida, un gallito pa’ los dos. Hay que ser agradecido con ella.
-pero con la comida viene el chisme.
Y como producto de una reflexión momentánea:
-Bueno, ¡diai que siga viniendo!, pero a mí que ni me hable.
Discusiones como esta eran comunes, antes de irse a la cama. Auqnue a la mañana siguiente saludaba muy amablemente a cualquiera de estas mujeres, amigas de doña L, cuando pasaban por la calle, o cuando entraban a la casa a saludarlos.
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Los hermanos y hermanas de doña L, así como sus sobrinos, ahijados y amigos de todo lado, estaban muy preocupados: las múltiples enfermedades de su querida pariente la habían puesto muy débil y demacrada. Sus tratamientos sobre lo mucho que padecía, la ponían aún más débil y enfermiza: y además tenía que cuidar de su marido. Había caído en un círculo vicioso: se medicaba para curarse, pero el medicamento la enfermaba. Solo Allis, el nuevo médico de cabecera, había dado en el clavo con sus enfermedades: ella estaba enferma de enfermarse y de cuidar al viejo enfermo; y ¡qué difícil quitar medicamentos cuando el cuerpo los ha asumido como drogas necesarias!Don R era un caso peor. A diferencia de ella, él tenía solo dos o tres enfermedades pero muy serias: un deterioro neuronal, por un derrame, una anemia crónica y una insulino-dependencia por su diabetes; su cerebro no andaba bien. Y, a diferencia de doña L, él solo tenía de pariente a una hermana menor, afectivamente muy distante, aunque viviera muy cerca. Por esto los parientes de doña L eran, en los hechos, sus únicos parientes y los amigos de ella, los suyos también. La hermanita de don R les vigilaba cuidadosamente en sus deterioros físicos, no por compasión, sino por su linda casa, para apropiársela, cuando murieran.
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Murió primero doña L en agosto, más por cansancio de ser la cuidadora del enfermo que por sus enfermedades. Los parientes y amigos lo acompañaron en todo el funeral y hasta el cementerio, porque ella era como la madre o la madrina de muchos. Con esto la casa y su pensión quedó en manos del marido y él, con su hermana, más por el peso de la ley que por su gusto; su enfermedad cerebral no le permitió decir lo que quería: estar con los parientes de su esposa. Y su única hermana así lo entendió, por ello lo alejó, lo más que pudo, de los parientes de su cuñada difunta. Luego falleció él, en enero, antes de los reyes y después de navidad. En su entierro no hubo ni parientes ni amigos de su difunta esposa: fueron muy pocos a acompañarlo, pues su hermanita no lo comunicó y con ello todos quedaron informados de que la que asumía el uso, usufructo y explotación de los bienes de la pareja muerta, era ella, la única hermana de él.
-Tía L, mi madrina, dijo una ahijada y sobrina suya, se llevó a padrino para que no estuviera con la bruja de su hermana
Efectivamente, muerto estaba mejor que en vida; además, estando doña L muerta podría cuidar de él, como lo había hecho en vida, por la eternidad.Muertos los dos, la casa de ambos sería desocupada. Los jardines, los aposentos y los roperos, limpiados de todo recuerdo físico de los difuntos y toda la casa cubierta de alambradas. Aunque no pudo limpiarse de todo. Los recuerdos en la memoria de los parientes y amigos que los querían, no se borran….
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Y en la casa, aunque ya no están los muebles y enceres que habían comprado durante toda su vida de pareja, ni las plantas que ella cultivó, ni los perros, el gato, la tortuga y la lora que tanto cuidaban, estarán para siempre….La voz de ella: -¿vas a ver muy tarde tele?, Recuerda que hoy trabajaste mucho en el jardín y en la bodega: te ves cansado y ya estás muy viejo pa’ esas cosas; ¿ya te tomaste el tratamiento de la tarde?
La voz de él: -Sí negra. Solo voy a estar hasta las 9. Quiero ver este programa de canal
La voz de ella: - Baje el volumen. No ve que a veces se oye en el vecindario y a mi es la que me reclaman. Sabes que aún tengo que comprar algún regalo para los hijos de Ana, es que son como mis nietos.
La voz de ella: - Baje el volumen. No ve que a veces se oye en el vecindario y a mi es la que me reclaman. Sabes que aún tengo que comprar algún regalo para los hijos de Ana, es que son como mis nietos.
La voz de él: - Si necesitas plata, ahí hay en la gaveta.
Por ello los muebles y los enceres de la gente nueva que ocupa la casa, siempre estorban. Alguien los mueve de lugar, en las mañanas o por la noche. Y también alguien les ayuda a salir de esa casa, a los pocos días, cuando es abandonada por los inquilinos. Como siempre.