martes, 20 de septiembre de 2011

El libre comercio (cuento)

Don Ricardo a veces reía y era muy grato escucharlo. Le encantaban los cuentos y anécdotas de curas e iglesias: se decía agnóstico y eso más significaba no ir a misa y burlarse de los que lo hacían, que no creer en dios. No faltaba quién, entre los amigos, que considerara que a veces rezaba. Pero también maldecía. El era emisario de una historia trágica que muchos han vivido y que a muchos les cuesta digerir.

Don Ricardo era un profesional, de estos que se gradúan en escuelas profesionales y que se incorporan al mercado laboral con éxito: en empresas transnacionales donde hacen carrera desde muy jóvenes. Efectivamente empezó a trabajar con la comercializadora de vehículos y equipo pesado “Caterpillar” desde que salió de la Escuela Castro Carazo donde estudió contabilidad. Como contador público empezó a ascender en la escala laboral: mensajero, cuentista, vendedor, jefe de vendedores, contador, jefe de contabilidad, auditor. Mientras ascendía, se iba involucrando en la sociedad de consumo: su esposa, doña Ana, maestra de escuela, dejó de trabajar, a pedido de él, para dedicarse a sus hijos y a su casa. En fin, para qué un mugre sueldo de maestra y muchas horas, semanas de sufrimientos y estreses en la escuela, si él, con su sueldo de contador en La Uruca, podía mantenerlos holgadamente.

Doña Ana era hija de doña Enriqueta Villalobos y como parte de los honorables de San Pablo, podía disponer de un terrenito para la casa. Así lo hicieron y el préstamo bancario financió la no muy pequeña residencia, lo mismo que la acción de socio del Club Campestre El Castillo y la escuela privada. Más tarde, cuando era obvio que las Universidades Públicas estaban cooptadas por los insurrectos y revoltosos, también optaron por enviar los hijos a las privadas para que tuvieran buenas profesiones: uno en derecho y el otro en economía y la muchacha en arquitectura. Todo lo proveía la transnacional, para el contador y luego auditor y a sus hijos. Y hasta un buen auto.

Pero las cosas no fueron siempre igual. En los periodos de crisis, cuando la producción agrícola decrecía, o cuando el comercio internacional se comprimía, las ventas decaían y los ingresos por comisiones, regalías y otros pluses no llegaban a la mesa de doña Ana. Lo peor fue cuando empezaron a sonar las voces del libre comercio. Uno de los discursos que más sonó en la conciencia de don Ricardo y su familia fue el que señalaba que el acuerdo de Libre Comercio con el Norte sustituiría la exitosa, para la empresa y sus clientes, Iniciativa de la Cuenca del Caribe. Esa era la gran solución: los costarricenses tendrían el mercado norteamericano como a la salida de la calle de la Uruca y, por tanto, las ventas en la Caterpillar estremecerían el firmamento. Todo iba muy bien hasta que aparecieron los malos costarricenses: toda una turba de chancletudos despeinados, melenudos, de esos que se dicen estudiantes universitarios y porque han leído algún folletín de poca monta quieren darle lecciones a toda la humanidad. Según estos, había que rechazar el TLC con Estados Unidos y obligar a su renegociación. En La Uruca nadie quería ni verlos. Por suerte los muchachos de don Ricardo estaban en una universidad privada y ahí los profesores, buenos costarricenses, les hablaban de las virtudes del Tratado: algunos de ellos estuvieron por la empresa explicándoles sus ventajas.

– Dicen que el Lic. Carlos Camacho, un buen abogado y profesor de derecho en la Latina ha llevado a la clase a todos los gurúes del Tratado.

Aquello era como un grito de guerra y en esta gran batalla estaba, por un lado el Presidente de la República y en el otro los dirigentes sindicales, profesores chacletudos, intelectuales ambientalistas, estudiantes melenudos y cuanto político conspirador existiera. El asunto fue a referéndum. Esta fue la mejor solución desde el poder. Ahí podían medirse las fuerzas: las del Sí con el poder del estado y las transnacionales y las del No, con los intelectuales y los chancletudos. Ganaron, según don Ricardo los buenos. Hubo fiestas, algarabías y celebraciones por doquier.

No habían pasado tres meses de la gran victoria cuando don Ricardo fue llamado a la Gerencia. La empresa había entrado en reorganización y había que recortar los salarios más pesados. A él le agradecían, profundamente haber preparado a dos jóvenes profesionales en contabilidad, de estos que ahora manejan computadoras y ya no las simples y vulgares calculadoras del pasado. Ricardo estaba muy seguro que iba a haber los recortes de personal. Se lo habían informado mucho antes del referéndum y todos estaban claros que mientras la campaña entre Si y No se diera, nadie iba a ser movido de su puesto. Pero Ricardo creyó que él era imprescindible: tenía mucha información y mucha historia. 30 años de trabajo y aún estaba a media vida, con algo más de 50.

– Creo –dijo el Gerente– que en la tesorería ya tienen tu liquidación– ¿Tan rápido? –preguntó y se pensó sin decirlo, hasta ayer por mi escritorio pasaban todas las liquidaciones, ¡qué estúpido! cómo iba a pasar la mía!

Desde ese entonces no volvió a dormir tranquilo. Con la liquidación pagó las deudas y guardó un dinero para los días que estaría sin trabajo: pero no fueron días, ni semanas, ni meses. Lleva dos años. Los hijos hicieron su propia ruta: el abogado, el economista y la ingeniera. Había trabajo a veces y había familia y necesidades siempre. El dinero se gastó. Algunos amigos, con algún negocio le contrataron, más por lástima para que les llevara la contabilidad. No faltaron las buenas intenciones, las promesas, los buenos consejos. Pero trabajo no hay para el que pasa de 50, aunque sea solo para que complete las cuotas de pensión

¡Le faltaba tan poco!


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– Por ello es que vale la pena verlo reír aunque sea por las herejías y malos chismes sobre la iglesia que se cuentan. Es que siempre se le ha visto triste.

martes, 6 de septiembre de 2011

La niña Ligia, la Maestra (cuento)

Yo recuerdo a la niña Ligia. Me enseñó a leer y a escribir –dijo Romelio, con nostalgia.

Fue una de las maestras que educó a buena parte de la juventud de los años 20 –señaló don Memo.

La escuelita de San Pablo se ubicaba un tanto al Este de la Iglesia vieja, en la esquina de la calle que va a la Quintana por un lado, con la calle que viene de San Rafael por la Suiza. Estaba, entonces, al sur del terreno en donde se construiría la nueva iglesia. Era un edificio de adobes y de techo de teja construido en 1886. Para 1924 cuando fue contratada la niña Ligia estaba en bastante mal estado, tanto que en su evaluación se advertía el exceso de goteras y el peligro para los niños. Contaba con un amplio corredor con piso de tierra y dos salones.

La niña Ligia era joven, de unos 18, delgadita con el pelo recogido en moño atrás. Con apariencia humilde, débil y con voz cadenciosa y pausada; no obstante era bien educada y de muy buena familia, lo que encajaba, en atributos morales, con el contenido del contrato que el presidente del Consejo Educativo local la obligaría a firmar, sobre un machote que habían diseñado en San José.

El contrato decía: “Este es un acuerdo entre la señorita Ligia Villalobos Ramírez, maestra y el Consejo de Educación de la Escuela de San Pablo de Heredia, representado por el Presbítero Ricardo Salas, Presidente, por el cual la señorita Villalobos acuerda impartir clases durante un periodo de ocho meses a partir del 1 de setiembre de 1924. El Consejo de Educación acuerda pagar a la señorita Villalobos la cantidad de 17 colones mensuales. La señorita Villalobos acuerda: 1. No casarse. Este contrato queda automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casa. 2. No andar en compañía de hombres. 3. Estar en su casa entre la 5:00 de la tarde y las 6:00 de la mañana, a menos que sea atender en función escolar. 4. No pasearse por las heladerías del centro de la ciudad. 5. No abandonar la ciudad bajo ningún concepto sin permiso del presidente del Consejo de Delegados. 6. No fumar cigarrillos. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando. 7. No beber cerveza, vino ni whisky. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra bebiendo cerveza, vino o whisky. 8. No viajar en coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre. 9. No vestir ropas de colores brillantes. 10. No teñirse el pelo. 11. Usar al menos dos enaguas. 12. No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros por encima de los tobillos. 13. Mantener limpia el aula. a. Barrer el suelo al menos una vez al día. b. Fregar el suelo del aula al menos una vez por semana con agua caliente. c. Limpiar la pizarra al menos una vez al día. d. Encender el fuego a las 7:00 de la mañana de modo que la habitación esté caliente a las 9:00 de la mañana cuando lleguen los niños. 14. No usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios”.

No fue problema para la niña Ligia el suscribir aquel adefesio: no podía hablarse de ciudad en San Pablo y menos de heladerías; pero era oportuno advertir sobre no viajar en autos, pues los pocos ricachones que tenían alguno gustaban de coquetear con las jóvenes montándolas al chunche. También lo del licor. Había en los alrededores mucha distribución de guaro clandestino, tanto así que don Belisario Ramírez, jefe del resguardo fiscal, no solo era un experto en encontrar sacas y en el decomiso del licor, sino en la venta posterior de lo decomisado, a beneficio propio.

La niña Ligia había sido educada dentro de una familia conservadora y sumamente religiosa por lo que ninguna de las prácticas prohibidas en su contratación hacía mella en su conducta cotidiana. Para la Junta Educativa de San Pablo, la escogencia de la niña Ligia era un reto y una prueba, pues había habido problemas con la mala conducta de muchos de los alumnos, sobre todo los hijos de cafetaleros, con las niñas de las peonadas que eran enviadas a la Escuela, simplemente para que no quedaran en casa sin hacer nada, por su corta edad. Los maestros cuidaban muy poco de la dignidad de estas muchachas pues el jugueteo y el acoso eran letra común. Los padres preferían no enviarlas a la escuela con lo que terminaban en la cocina de su casa, entrenadas en cocinar, hacer las rondas, cuidar las gallinas y ordeñar: labores según los padres más productivas que las de aprender a leer y escribir

– un pésimo negocio poner a estudiar a las chiquillas. Plata perdida pa’ beneficio de otros; en fin, iban a ser madres, pensaban.

A pesar de estas genialidades ideológicas de aquella humilde gente, la niña Ligia trabajó dos años en el distrito de San Pablo. Muchos recordarán su cálida, dulce y cadenciosa voz, recitando las series numéricas con un bastoncito con el que golpeaba, a buen ritmo, una de las mesas del salón, para que los niños aprendieran a contar: 1, 2, 3, 4, 5 … y va de nuevo. Y luego llegar a 10, más tarde a 20. También en la lectura de cuentos y el silabario; o en la gastadera de tiza en el pizarrón para que aprendieran el alfabeto, para empezar a escribir y a leer. Naturalmente mucho de rezar al principio de la clase, no sólo para que a ella le fuera bien durante el día, sino para enseñarles la religión de todos, lo mismo que se hacía en sus casas y en la Iglesia.

Doña Rosario, la vecina de la escuela la recordará con gran cariño.

– A las 10 de la mañana, como al recreo, llegaba por un café y un huevo frito con tortilla. Era cosa de todos los días. Una vez llegó muy malita, a que le diera algo para aliviarle los ovarios. Pobre niña, tan jovencita y con tantos problemas de mujer.

Le dio, según nos dijo, un agua de manzanilla de la que cultivaba en el jardín; la acostó en un camón con un paño caliente y húmedo en la panza. Al cabo de un rato, cuando la niña Ligia se sintió mejor, la mandó para su aula, a amansar a los muchachos o a educarlos en el buen sentido de la vida,

– mientras los padres los quisieran tener ahí.

A Chepe Concepción le gustaba mucho hablar de ella. Su madre la recordaba con cariño.
Y fue la maestra de Romelio

domingo, 4 de septiembre de 2011

Sabanilla de Villalobos

San Pablo, el pueblo, no el santo apóstol converso, era todo un personaje: voluntad, disposición, creatividad, historia, relaciones y envidias. En sus orígenes no era San Pablo: fue nombre de santo por obra del azar. Dicen que una mano virginal encontró en un saco el nombre ¿o sería una imagen? Desde ese entonces, en el año de 1818, la Sabanilla de Villalobos y sus alrededores se llama como el santo y comparte privilegios con otros santos que bautizaron pueblos de otros nombres: Piedra Grande, La Bermuda.
El cura de Cubujuquí realmente era santo: haber ideado aquella patraña de que una mano virginal sacara del saco, al azar, un nombre, para que un santo decidiera qué lugar de Heredia le rendiría culto y pleitesía: por allá Santa Bárbara, San Joaquín y San Antonio. Por acá San Isidro, San Rafael, Santo Domingo y este San Pablo: unas casas grandes y muchas pequeñas, potreros, maizales, frijolares y, cafetales en la sabana al norte del Río La Bermuda y abajo de Piedra Grande. Primero fue cuartel y luego barrio o distrito. Hacia mediados del Siglo XIX contaría con unas 400 familias la mayoría muy entrecruzadas entre sí: Villalobos, Vindas, Cortes y León e irán apareciendo, por los cruces múltiples y el amor entre parejas, Benavides, Ramírez, González. Seguros están los estudiosos que entre los primeros pobladores hubo españoles potentados y peones, todos con mezclas de indios y esclavos negros. Así, las familias originarias serán los dueños de la tierra unos, de las manos, otros; bendecidos todos por San Pablo.
En la segunda mitad del Siglo XIX propiciaron y construyeron una ermita en su nombre, con el santo en su alto y con espacios y jardines para el culto. Como era un pueblo pequeño, también la iglesia era pequeña: frente a la calle polvorosa por donde pasan los que vienen de San Rafael hacia Santo Domingo. La imagen del santo la construyó Fadrique Gutiérrez, el escultor. Era enorme, de concreto y hormigón: tiempo después para evitar que le cayera en la cabeza a algún parroquiano, un buen sacerdote decidió que había que apearla y ponerla en lugar seguro; la labor no fue bien hecha y el San Pablo de don Fadrique quedó en escombros en la calle.
Para entonces ya había otra iglesia. Más por envidia por la de San Isidro y San Rafael, los pableños idearon que debían tener un templo gótico y bien vistoso a los cuatro costados. Esta historia es ingrata: así son las forjadas por la envidia. Vale solo decir que la construcción de la nueva se inició en 1912 con un proyecto muy oneroso para la población y la curia y terminó en 1958 con un iglesita austera y fea; nunca la ostentación originaria se reflejó en su resultado; a la imagen de sus promotores.
El clan de potentados siempre fue pretensioso, arrogante y con ínfulas de nobleza y alcurnia. Incluso en las familias menos adineradas. Los inicios del clan aparecen a finales del Siglo XVII. El mayor poseedor de tierras fue un morador del así llamado Valle de Barva, Bernardo Cortés García hijo de Juan Cortés y Magdalena García, que murió en 1718, según lo registran los historiadores del cantón. Don Bernardo, nos cuenta don Edwin León, se había casado dos veces pero no tuvo descendencia. Su primera esposa doña Clara Moreira tenía dos hijas María y Gloria, las que asumieron el apellido de su padrastro. María se casó con Lorenzo Arnaldo con quien tuvo tres hijos: Juan, Lucía y Nicolasa. El mayor, que murió en 1726, apellidado Cortés por el cariño al abuelo por afinidad, contrajo nupcias, primero con doña Sebastiana Aguilar, con la que tuvo diez hijos y luego con Ana Micaela Calvo, con quien tuvo siete, quien había sido esposa de José Carranza. Ana Micaela era una hija natural de Miguel Calvo y Ana Cardoso, una esclava negra.
De esta forma, las familias originarias no tienen ningún linaje noble montado sobre el apellido Cortés sino que lo asumieron de un viejo ricachón sin descendencia biológica. En segundo lugar, los pelos negros y muy rizados, la nariz chata y los ojos oscuros de muchos de los pableños son la herencia de aquella negra esclava en los orígenes de su árbol genealógico.
Esto se señala en este relato porque la historia aquí contada contradice las pretensiones de muchos de los pableños tradicionales de creerse descendientes de europeos de sepa y con sangre noble.

CONFESION (ensayo)

El mundo de las cosas, los acontecimientos, sus interpretaciones, valoraciones y percepciones, son la realidad: lo que existe y sucede. Otra cosa es lo ideal, entendido a la manera metafísica, como el mundo de ideas y de formas: perfecto, inmutable e imperecedero. Con esto nos alejamos lo más posible del platonismo, pues en Platón la realidad es el mundo de las ideas, formas y contenidos, mientras que el mundo material es solo mimetismo. Empero, esa dualidad platónica nos sea útil para exponer nuestra visión gnoseológica.
Es útil porque creemos que, por un lado, las cosas existen y los acontecimientos suceden; por el otro hay construcciones intelectuales, algunas concebidas como perfectas, puras e inmutables: las de la metafísica; otras definidas como imperfectas, mutables como la ciencia y aquellas a las que echa mano la ciencia. Tal dualidad nos permite  dimensionar, entonces, el discurso que sobre la realidad se hace: la ciencia, que dice interpretar la realidad es aproximativa, tentativa, probable y sus aseveraciones mejor construidas son (deben serlo) falsables (como en Popper): no hay perfección ni exactitud. Además siempre debe echar mano de algo tan ideal como es la teoría, aunque no la conciba perfecta e imperecedera. La labor del científico es perennemente constructiva, siempre innovadora y por tanto, apasionante: no es una mera y seca objetividad. Pero la ciencia no es un discurso sobre las ideas, pues de serlo, diría lo que se dice: la pura retórica metafísica, o el otro discurso sobre “la realidad”, o una tautología. Por tanto, esta dualidad entre ideas y realidades, entre lo perfecto y lo real, diferencia la labor científica de la metafísica; evita que los trascendentes (dioses e ideas puras) sean los que expliquen lo que sucede.
Esa dualidad nos ayuda a percatarnos de que las ideas en “una mente” forman parte de una comunidad de ideas, porque yacen en una comunidad de mentes. Incluso, la idea de dios no es más que una creación de mentes a través de la historia de la humanidad. En ese sentido, la idea de dios es una realidad objetiva, lo que no significa que dios sea una realidad objetiva.
Tales “ideas”, metafísicas o no metafísicas, al igual que las explicaciones, descripciones e interpretaciones de la realidad, son construcciones sociales e históricas; a saber, tienen su  propia objetividad (como en Hegel) y responden a una necesidad; en la medida que el mundo cada vez más se intercomunica, tienden a constituirse en ideas de la humanidad, aunque no necesariamente cosmopolitas, ni necesariamente científicas pues, al contrario, no hay nada más común que las explicaciones metafísicas. Por ejemplo, la idea de dios está “en todas partes”: esto no significa que dios esté en todas partes, sino que “en todas partes” hay la necesidad de explicar lo que sucede y, al no haber respuestas creíbles, convincentes…. de lo que sucede, se acude a la explicación por medio de la trascendencia.
Cosmopolita sería una idea, una concepción o una explicación de lo que sucede, que se torna en común y es compartida, no sólo en el mundo de los científicos, aunque sea solo sobre una parcela de la realidad, y que trasciende las fronteras nacionales: quiero decir, es algo para lo cual no existen fronteras nacionales. La idea de la democracia, con todo lo discutible que ella conlleva, al igual que las concepciones sobre la libertad, la igualdad de los seres humanos y su dignidad, son cosmopolitas.
También aquella dualidad es útil para explicar el discurso mediático. Este discurso, puramente informativo, pretende, o se asume, como el discurso de la realidad, cual si fuera el único posible que dice algo sobre ella. No necesariamente es un discurso científico, pues a veces peca de abuso de la descripción sobre la interpretación y, también y a veces, subraya formas y concepciones preconcebidas y de contenido metafísico: como cuando el periodista invoca a dios para explicar lo que sucede, o simplemente dice lo que él cree que sucede y lo explica como tal, para que su auditorio invoque a dios, o al emisor del mensaje, o bien, para que no reflexione. En tanto, este discurso es tan común y tan difundido (o difundible) pretende y pugna porque se le dé la condición de ser un discurso verdadero y en cierto sentido cosmopolita.
Queda por decir algo de la verdad. Aunque no es una, en la visión metafísica se la identifica con lo uno, inmutable e imperecedero (como en Parménides): de ahí la inmovilidad e invariabilidad del conocimiento (metafísico). En cambio, la humanidad ha avanzado más que ello, hasta comprender que la verdad es la adecuación de un discurso con la realidad, sobre la base de un marco conceptual y categorial dado en calidad de una construcción social e histórica, que permite a los seres humanos movernos (actuar, pensar, etc.) con algún nivel de precisión, prestancia y seguridad.
Así vista, la verdad termina siendo, al igual que los discursos, múltiple, heterogénea y contradictoria. Por esto el discurso metafísico ha tenido, aun hoy, mucho éxito y popularidad, pues aunque sea ideal e ilusorio, ayuda a la gente a creer que pone sus “pies en tierra”, con pretensiones de seguridad. El problema es que mediante este discurso y sobre la base de toda la carga cultural metafísica, el ser humano pierde autoestima por el carácter heterónomo y de fuente trascendente de sus valores fundamentales; mientras los otros discursos sobre la realidad, o son meramente informativos, como en el caso de los media, que concibe al humano como un receptor o consumidor pasivo; o bien son peroratas manipuladoras como el de la demagogia política, con visiones similares de lo humano; o bien, son aproximativos, tentativos, probables como el científico, con la ventaja de que con estos el ser humano alcanza niveles de autonomía y autoestima.